11 de noviembre de 2011

Pelléas y Mélisande en el Real


Pelléas y Mélisande, una ópera del compositor Claude Debussy, se está representando en el Teatro Real de Madrid y en esta ocasión será una crítica de mi amigo Francisco Alberich la que ilustrará este post.





Vengo del Teatro Real. Vengo atrapado, ya para siempre, de la misteriosa ópera Pelléas y Mélisande. Ninguna ópera me ha cautivado tanto como esta y creo saber muy bien a qué se debe. Se trata de una música perfectamente adaptada a un gran libreto, el mejor libreto que jamás haya leído. Aunque algunos ya lo conocéis, dejadme que os cuente mi “impresión”. Porque lo grandioso de esta ópera es que no hay dos observadores que vean en ella exactamente lo mismo ya que, todo son sugerencias. En el libreto no hay acotaciones ni descripciones de un narrador, todo está planteado directamente por los propios personajes. Que, a su vez, están tan asustados que solo dicen ingenuidades o estupideces. El resultado es de un conmovedor misterio que, unido a una música de ensueño, te sumerge en los bosques oscuros donde nunca da el sol.

La acción transcurre en el reino imaginario de “Allemonde”, cuyo nombre parece sugerir que es “todo el mundo” y de ahí nadie puede escapar. Atrapados todos, personajes, orquesta y público. (Aunque una cuarta parte de éste desapareció en el descanso). “No me toquéis o me tiro al agua” dice Mélisande y la orquesta se calla. Se calla y vuelve a arrancar, porque la orquesta y la voz van casi siempre cada una por su lado. “¿Qué brilla bajo el agua?” pregunta el barítono sin cantar, pero tampoco es un recitativo. La soprano contesta “Es la corona, que se me ha caído al llorar” y tampoco lo canta. No cantan y tampoco recitan. Es una declamación muy refinada y musical, pero no cantada: se apoya en la música pero solo a veces, como un cable del tendido de la luz, que va cayendo libremente hasta que el siguiente poste lo endereza y levanta. Así vamos a estar durante tres horas, anhelando esas notas que siempre llegan cuando menos te lo esperas, provocando un suave clímax, que solo recuerdo haber conocido en Tristan und Isolde. El fantasma de Isolde siempre está entre esa niebla, pues simplemente el nombre de Mél-Isande, sin su primera sílaba me recuerda constantemente a ella.

“No os toco” contesta Golaud (como dicen todos los maltratadores). Salió a cazar y ya tiene su presa. Contra su voluntad, Golaud se lleva a Mélisande a casa. Bueno, a casa que en realidad es un castillo de lo más sórdido. Allí le espera su suegra, que tiene una perturbadora voz de hombre; su cuñado Pelléas un angustiado llorica y cobarde que siempre se quiere ir no se sabe a dónde con tal de desaparecer de la escena y, por último, el Rey, un repugnante viejo verde. Me olvidaba de que no son todos mayores que ella, también hay un niño, Yniold, pero para mí que es retrasado.

La historia es muy sencilla, Mélisande es tan frágil y encantadora que se deja querer por todo el mundo, lo que acaba desesperando a Golaud, que asesina a su hermano Pelléas y, al acto siguiente, Mélisenda tiene un hijo (no se dice de quién) y se muere (no se sabe de qué, pero para mí que se muere de asco, al ser tan pura en un escenario tan sombrío).

Según parece la música es igual de sencilla, tres intervalos a modo de leitmotivs son la sustancia de toda la obra. Un intervalo de segunda, representa a Golaud, otro de tercera a Mélisande y uno de cuarta a Pelléas. Gracias a estos “leitmotivs” podemos saber cosas que no vienen en el libreto, por ejemplo, quién es el padre del hijo de Mélisenda al final de la ópera, cuando se cruzan el intervalo de segunda con el de tercera, descartando así al de cuarta del pobre Pelléas.

No me las voy a dar a estas alturas de musicólogo, no colaría, pues todos conocéis mi gran ignorancia: Esto de los intervalos nos lo enseñó el director Sylvain Cambreling delante del piano a los que acudimos a la tertulia que montó Mortier hace unos días. Lo que demuestra el gran maestro que es, es que yo lo haya entendido.

Ahora en serio, lo que demuestra lo gran director que es, es la magia con la que dirigía esta noche, llenando de misterio todo el teatro, si no fuera por lo de siempre, las toses, con las que inevitablemente se llenaban esos silencios tan bien compuestos por Debussy.

A Sylvain Cambreling ya le conocía de San Francisco de Asís y no me ha defraudado, pero la que sí me gustó entonces y hoy casi nada ha sido Camilla Tilling, a la que no se la oía apenas, lo que demuestra que entonces, en el Madrid Arena, tenía megafonía como casi todos sospechábamos.

El que más me ha gustado de los cantantes ha sido el malo, Golaud, el barítono Laurent Naouri, cuyos monólogos los ha bordado, especialmente cuando a capella pide perdón en su registro más agudo, invadiendo él solo todo el teatro, inquietando nuestras almas por semejante malvado.

El tenor, Pelléas, Yann Beuron también me ha gustado bastante, tiene una voz bonita, no tan afeminada como casi todos los Pelléas que he oído grabados.

Un desastre total, el niño. Es verdad que queda mejor un niño que una soprano haciendo de niño, pues así el personaje parece menos retrasado. Pero es que, como dice Slava, los niños desafinan que da gusto.

Arkel, el viejo, que lo cantaba Franz-Josef Selig, me ha parecido que andaba un poco forzado, pero correcto, como Hilary Summers en sus dos apariciones.

La puesta en escena de Robert Wilson, alucinante, aparte de los efectos luminosos, el que los cantantes salgan erguidos como marionetas cuyos brazos se mueven ortopédicamente como si estuvieran sujetas con cuerdas sus manos, todo un alarde de ensueño que le iba muy bien a esta magnífica obra. Por algo Mortier la lleva allá donde va, después de Salzburgo a París y ahora a que la estemos disfrutando nosotros.

Bona nit.

Crítica publicada en el foro eliteclásica.org
Francisco Alberich

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